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Una cosa que pasa a menudo es que las personas no somos claras, trasparentes y no contamos las cosas tal y como son. Esto pasa en tu vida laboral, en la relación personal o asociativa con otras personas, con los niños,…  Aquí dejo el mayestático, porque yo no soy así, y no me gustan que las cosas sean así y este post viene a raíz de varias cosas distintas que me han pasado en estas últimas semanas cuyo problema fundamental ha sido el oscurantismo.

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Habitualmente se suelen escudar en que el otro no lo va a entender, que es una información que no necesita, que no es necesario contextualizar una conversación o una decisión,… En mi trabajo es tan habitual escuchar frases como “es que no dan para más”, “son usuarios, ¡qué quieres!”,… y ¿ sabéis qué? que esos usuarios somos todos nosotros. Unas veces estas en un lado y otras en el contrario. Que por sistema la gente, la sociedad, nos tratemos unos a otros como si fuéramos tontos es, cuanto menos, indignante.

Muchas veces (la mayoría diría yo) lo que hay detrás de ese oscurantismo es que, por una razón u otra, no nos interesa contar la verdad: bien porque nos implicaría explicar más cosas de las que queremos contar, bien porque consideramos que el otro no las va a entender.

Os voy a dar dos ejemplos:

Como sabéis hace poco se murió Milú, el perro de mi familia, y en algún momento se planteó que lo que les iban a decir a los niños es que el perro se había ido a vivir con otros familiares al campo. Yo me negué. Los niños no son tontos ni hay que endulzar más de lo justo la vida. Ellos se van haciendo su propia composición de la misma.

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Al Moreno se lo contó Contrapunto, más bien por error porque él pensó que yo ya se lo había contado. Se quedó sorprendido, un poco triste, pero pensó que tenía su lado malo y su lado bueno. El lado malo era que le íbamos a echar de menos y el lado bueno era que estarían con los abuelitos (los padres de nuestros padres) y que así sería más fácil ir a casa de los abuelos [Hace tiempo que habíamos restringido nuestras visitas porque el pobre estaba muy delicado y las emociones le empeoraban].

El Rubio se puso malo unos días y estuvo con mis padres y yo no había tenido tiempo de contárselo. Al final del primer día dijo: “¿Dónde está Milú?”. Os podéis imaginar el nudo en la garganta de mis padres. Al final sólo acertaron a decir que estaba malito en el hospital, no se atrevieron a decirle más por cómo pudiera reaccionar él. Yo le expliqué cuando llegué que no estaba en el hospital, que se había muerto. Que cuando una persona (o animal) querido está malito en el hospital lo normal es estar a su lado y que los abuelos no sabían cómo decírselo.

Rubio le dijo a Moreno el otro día: “¿Sabes que Milú se ha muerto?”. Se acuerdan mucho. Cada vez que ven un perro blanco. Pero no son tontos.

Otro ejemplo:

Andamos metidos en una cooperativa de viviendas que lleva más de 10 años de retraso. Por circunstancias Contrapunto se ha metido en el Comité de Obra y ahora ve desde dentro lo que se nota desde fuera. Las frases en ese contexto son: “si contamos esto, se nos revolucionan. “Mejor esto lo contamos por encima solo”, “Sobre este punto (los sanitarios, por ejemplo) los cooperativistas no pueden decidir, eso es cosa del Comité”,… y muchas más que me guardo.

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Vuelvo a lo mismo, la gente no es tonta, no somos tontos. Si se nos cuenta las cosas como son, seguro que lo peor que puede pasar es que alguien aporte algún punto de vista nuevo o una información adicional que desconocías.

No creo que sea justo ni normal que se tome esa actitud con respecto al otro: ni aunque seas su madre,  su jefe o  su representante en un Comité o Junta. Estoy segura que no hay caso que no pueda entenderse con una buena explicación. Claro que eso te implica invertir un tiempo o, incluso, que las cosas no salgan como tú tenías previsto. Y tú, ¿qué opinas?

Un placer. Como siempre.

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