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Me encantan los bolsos, no lo puedo evitar. No los bolsos caros, ya sabéis que soy de esas a la que los precios desorbitados le parecen que desautorizan cualquier compra, si no los bolsos bonitos. Antes de tener niños diariamente me cambiaba el bolso en función de lo que llevaba puesto. Ahora no. Ahora mi objetivo es salir haciendo el mínimo ruido posible para que no se despierten. (Esta será otra de las cosas que recuperaré, espero, cuando crezcan)

bolso de mamá

Mi bolso ahora es un bolso de madre. Es un bolso grande con migas de galletas al final del mismo, con cromos de esta liga y de las pasadas, con chupetes, con envoltorios arrugados de todo tipo (todos esos que he enseñado a los niños a no tirar al suelo y que ahora acaban en mi bolso), con la merienda de los niños, con papeles “importantes” que guardas en el bolso pensando en cuanto llegue a casa los pongo en su sitio pero luego nunca tienes tiempo de hacerlo,… Un bolso lleno.

Para aquellas que no sois madres todavía os diré, para que no os asustéis, que también soy un poco desastre y conozco a muchas madres que sus bolsos siguen impolutos pero os prometo que no sé cómo lo hacen.

Bolso desordenado de una madre

En mi bolso puedes encontrar de todo. Hace poco, un día de esos raros en los que tienes tiempo decidí abrir el arcón de los bolsos (esto no es una forma de hablar, tengo un arcón lleno de bolsos) para ponerme uno marrón de pana gruesa monísimo. Como cuando hablo de tiempo hablo de un minuto o dos, cogí lo necesario del otro bolso (cartera, llaves y móvil) y lo metí en ese sin mirar qué había dentro. En algún momento de la mañana, seguramente cuando buscaba las llaves del coche para irme a casa, vi las cosas que había dentro y la verdad es que me emocioné.

Supongo que el bolso no me lo pongo desde hace más de 4 años y encontré los recuerdos de mi vida en ese momento. Una jeringa marrón de las que se tenía que tomar el Moreno cuando estaba malo y un chupete  y un sonajero del Rubio. Fue un poco como si hubiera abierto una ventanita a esos meses del pasado. Me acordé de los días de hospital, del rato que echábamos en el parque de al lado cuando nos traían al Rubio para verle, de lo mal que lo pasamos todos,… Fue un buen recuerdo. Es verdad que para ese momento concreto de mi vida juego con la ventaja de que todo salió bien pero, en cualquier caso, me encantó abrir esa ventanita y revivir esos momentos.

Esas ventanitas cuando llevas unos años en los que tienes mucho que hacer y no tienes tiempo (o hábito) de tener las cosas en su sitio, se abren en los momentos más inesperados. Porque la memoria tiene una virtud adicional: dulcificar y engrandecer.

Tengo ganas de ponerme otro bolso de esos que están al final del arcón a ver qué ventanita abre.

Un placer. Como siempre.

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